Jordi Borja: "Como está el mundo, tender al conservadurismo es catastrófico"

El urbanista catalán sostiene que el derecho a la vivienda, pero sin acceso a la movilidad, al trabajo y a la centralidad, no es suficiente para formar ciudadanos.



       “Aurora urbana”. La resistencia social debe ser escuchada por los políticos, dice Borja.


Viajero incansable, el catalán Jordi Borja es un habitué de Buenos Aires. Llega aquí periódicamente por conferencias, amistades o presentaciones de libros. El último, Ciudades, una ecuación imposible,(Editorial Café de las ciudades), es una compilación de ensayos de varios autores que abordan el tema en el que Borja es referencia. Su voz, su mirada de urbanista de formación comunista, cobra más fuerza ahora frente a la crisis europea. Los movimientos sociales que encabezan la resistencia en el viejo mundo, los indignados, tienen entre sus proclamas temas que Borja engloba en el derecho a la ciudad. Aunque sea esa una ecuación imposible: compatibilizar competitividad económica, cohesión social, sostenibilidad ambiental, gobiernos democráticos y participación ciudadana. Borja va en sus textos y también en esta charla del “crepúsculo” a la “aurora urbana”, de los signos negativos representados por esta crisis a unas tendencias positivas evidenciadas por fin en una resistencia social.
¿Los gobiernos atienden más a los especuladores inmobiliarios, a la burguesía financiera, y mucho menos a las necesidades sociales de la gente?
En el caso español, que ha sido absolutamente escandaloso, junto al de los Estados Unidos, muchas autoridades veían como estupendo el hecho de que se construyeran muchísimas viviendas. Decían que indicaba desarrollo, crecimiento, empleo, flujos de dinero. En 2009, el Banco Mundial recomendaba que se desregularan todas las trabas urbanísticas y fiscales para que hubiese más construcción. El resultado ha sido una crisis financiera, social, de territorio, con barrios y ciudades abandonados y a medio hacer. Significó una regresión social y económica muy importante.
Con millones de damnificados y unos pocos beneficiados, jamás castigados…
El problema de esta crisis es que ha desarrollado una mentalidad especulativa en distintos sectores de la sociedad. No es que toda la gente haya jugado a esto. Pero existía la idea, mítica, de que tener suelo, ladrillos, viviendas, departamentos, era poseer bienes que sólo podían aumentar de precio. España, entre 1997 y 2007, edificó más viviendas y metros cuadrados que Reino Unidos, Francia y Alemania juntos. Cuando cayó la demanda, cayó la actividad económica, subió el desempleo, y empezó a haber gente que ya no podía pagar sus créditos. Los bancos entraron en crisis, y desahuciados, le exigieron a la gente que les entregara las viviendas, pero como ahora valían menos, salieron a cobrar las deudas al valor que tenían antes. No tienen cómo cobrar. La gente que no tiene crédito ni empleo, pero hacen constar esas deudas y equilibran sus balances. Es una economía ficticia.
¿Han sido cómplices o débiles los gobiernos para que esto ocurriera?
Si se han normado tasas de interés muy bajas para las hipotecas, si no controlan a los bancos, si no tienen políticas para aprovechar las plusvalías urbanas, si permitieron operaciones especulativas sin demanda solvente, si el planeamiento ha facilitado este tipo de urbanizaciones, ha habido complicidad de los gobiernos locales y nacionales.
¿Es un fenómeno global? ¿Podría decir que ocurre lo mismo en América latina?
Yo diría que en América latina ocurre con menos intensidad pero con más diferenciación social. Aquí se multiplican los barrios cerrados mucho más que en Europa. Es una negación de la ciudad. Además, hay mucha más marginalidad e informalidad urbana.
Hubo que esperar al colapso actual para que apareciera algún tipo de resistencia a esta segregación evidente.
En el lenguaje más político, un análisis de esta realidad debería haber ido acompañado de una explosión social. Habría que colgar a los banqueros de los árboles, ocupar las viviendas vacías. Ahora hay una reacción, pero frente a temas muy puntuales. Falta la unificación de esos reclamos, una agenda común. Pero hay cosas interesantes. En España se extiende una plataforma de desahuciados. Pero los partidos políticos tienen un papel nulo en la resistencia. Y los sindicatos hacen muy poco. Un tema unificador es el derecho a la ciudad, concebido como la suma de derechos: a la vivienda, a la movilidad, a la salud, a la educación, al mismo estatus jurídico, la creación de espacios que reconozcan el conflicto, un ámbito de negociación entre estos movimientos y los gobiernos locales. Ha sido una conquista social e intelectual de la última década. Antes, los que hablábamos del derecho a la ciudad no éramos escuchados. Nos decían que lo que importaba era el derecho a la vivienda. Y respondíamos que el derecho a la vivienda sin derecho a la movilidad, al trabajo, a la centralidad, no es suficiente para formar ciudadanos.
¿Al urbanismo se le reconoce ahora un papel político que antes se le negaba?
El urbanismo es política. Exagerando un poco se puede decir que el urbanismo es de izquierda y que la especulación es de derecha. Porque el urbanismo es una disciplina que nació con dos objetivos: practicar una ordenación del territorio que ofrezca bienes y servicios por igual o mayores para los que tienen menos ingresos, pues el urbanismo debe ser un reductor de las desigualdades sociales, y, en segundo lugar, tener una visión de transformación urbana. Hacer una ciudad mejor para todos. En cambio, las políticas que se han practicado han reducido la calidad de vida de gran parte de la población.
Ahora, estos nuevos movimientos sociales, a diferencia de los setentistas por ejemplo, han incorporado varios de los postulados que nacen del urbanismo.
Es cierto, cada vez más.
Si los partidos políticos no interpretan esta situación, ¿corren riesgo de desaparecer?
Yo no creo que los partidos vayan a desaparecer. Pero en Europa hay un gran descrédito. Ahora, mientras haya una democracia de tipo representativa, si desaparecen unos partidos aparecerán otros. El problema está en las insuficiencias de la democracia representativa. Es terriblemente conservadora. Así, los partidos tienden a parecerse mucho, no toman riesgos ni posiciones extremas, un poco porque los ciudadanos aunque estén descontentos no quieren complicarse la vida. El ciudadano actúa con miedo, se pregunta a dónde irá a parar.
Todo esto ha determinado que la izquierda europea esté prácticamente muerta…
En Francia, en Alemania, en Inglaterra la izquierda existe, pero se ha desplazado hacia el centro, busca apoyo en los sectores medios, y deja afuera a los más pobres o a los jóvenes. En un caso tan obvio como el de Grecia, que necesitaba un cambio, hubo una campaña de medios de comunicación, de grupos económicos, de organismo europeos diciendo que no voten a la izquierda porque significará el caos. El caos ya lo tienen. Ya les habían hecho todos los recortes. Y lo que decía Syriza (la coalición de izquierda griega), era muy parecido a lo que hizo Kirchner acá, una moratoria de la deuda.
Que no era un programa revolucionario.
Claro que no. Pero era una manera de decir que no se aceptaría un empobrecimiento general de la población. Viendo esta campaña tremenda que hubo en Grecia digo que la democracia representativa no es suficiente. Ahora estamos en un tiempo de cambio, y los partidos políticos, los políticos, tienen que escuchar a los movimientos sociales. Así como está el mundo, tender al conservadurismo es catastrófico.
Podríamos decir entonces que hemos avanzado en la crítica sobre la realidad política, social y económica, pero no en la acción…
Es una buena síntesis. Hay análisis crítico de la realidad, hay resistencias sociales dispersas, falta una unificación política alternativa.
¿Cuáles son los factores esperanzadores?
Que cada vez hay más resistencia. En España hay una eclosión. Incluso con el independentismo catalán, que en gran parte es una respuesta a la crisis social y económica que afecta a los jóvenes. Ya que este estado no los escucha, en uno catalán, tal vez podamos tener un poco más de influencia.
¿Y eso tiene algún asidero?
No estoy muy seguro. Pero mientras haya la hipótesis de que no se pueden cambiar las cosas porque el estado español lo impide, en Cataluña se seguirán confundiendo derecha e izquierda. Yo no soy independentista, pero me parece una reacción bastante lógica pedir una solución confederada en España. Pero existe tal cerrazón mental y política por parte del PSOE y el PP, que lo veo muy difícil.

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