Mandela: Las promesas sin cumplir




Filosofía política. Según el autor de esta nota, Mandela logró ciertos derechos para la minoría negra pero no pudo revertir la situación de desigualdad y la enorme brecha entre ricos y pobres de su país.




Su gloria universal es también un indicio de que en realidad no perturbó el orden global del poder.






En sus dos últimas décadas de vida se puso a Nelson Mandela como ejemplo de cómo liberar un país del yugo colonial sin sucumbir a la tentación del poder dictatorial ni a gestos anticapitalistas. En pocas palabras, Mandela no fue Robert Mugabe, y Sudáfrica siguió siendo una democracia multipartidaria con libertad de prensa y una pujante economía bien integrada al mercado global e inmune a apresurados experimentos socialistas. Tras su muerte, su estatura de sabio santo parece confirmarse para la eternidad: hay películas de Hollywood sobre él –lo encarnó Morgan Freeman, que también, dicho sea de paso, interpretó el papel de Dios en otra película–; estrellas de rock y líderes religiosos, deportistas y políticos desde Bill Clinton hasta Fidel Castro, todos están unidos en su beatificación.
¿Pero esa es toda la historia? Hay dos hechos clave que esa visión celebratoria eclipsa. En Sudáfrica, la vida miserable de la mayoría pobre es la misma que durante el apartheid, y el auge de los derechos civiles y políticos queda contrarrestado por la creciente inseguridad, la violencia y el delito. El principal cambio es que la nueva elite negra se ha sumado a la antigua clase dominante blanca. En segundo lugar, la gente recuerda el viejo Congreso Nacional Africano, que prometía no sólo el fin del apartheid sino también más justicia social, hasta una especie de socialismo. Ese pasado mucho más radicalizado del CNA va desapareciendo poco a poco de nuestra memoria. No es extraño que crezca la rabia entre los sudafricanos negros pobres.

Sudáfrica es en ese sentido sólo una versión de la historia recurrente de la izquierda contemporánea. Un líder o un partido que promete un “mundo nuevo” resulta electo con universal entusiasmo, pero luego, tarde o temprano, se encuentra ante el dilema clave: ¿atreverse a tocar los mecanismos capitalistas u optar por “seguir el juego”? Si alguien perturba esos mecanismos, rápidamente se lo “castiga” mediante perturbaciones del mercado, caos económico, etc. Es por eso que resulta demasiado simple criticar a Mandela por abandonar la perspectiva socialista luego del fin del apartheid: ¿acaso tuvo la posibilidad de elegir? ¿El avance hacia el socialismo era una opción real?
Es fácil ridiculizar a Ayn Rand, pero hay un elemento de verdad en el famoso “himno al dinero” de su novela La rebelión de Atlas: “Hasta y a menos que se descubra que el dinero es el origen de todo bien, se pide la propia destrucción. Cuando el dinero deja de ser el instrumento por el cual los hombres tratan unos con otros, los hombres se convierten en instrumentos de otros hombres. Sangre, látigos y armas o dólares. Hay que elegir. No hay más opciones.” ¿Marx no dijo algo similar en su conocida fórmula de cómo, en el universo de las mercancías, “las relaciones entre personas adoptan la forma de relaciones entre cosas”?
En la economía, las relaciones entre personas pueden parecer relaciones de igualdad y libertad que cada uno reconoce: la dominación ya no se ejerce de forma directa y visible como tal. Lo que resulta problemático es la promesa subyacente de Rand: que la única opción es entre relaciones directas e indirectas de dominación y explotación, mientras que toda alternativa se rechaza por considerársela utópica. De todos modos, hay que tener en cuenta el momento de verdad de la que por lo demás es una afirmación absurdamente ideológica de Rand: la gran enseñanza del socialismo de estado fue, en efecto, que una abolición directa de la propiedad privada y del intercambio regulado por el mercado, que carezca de formas concretas de regulación social del proceso de producción, necesariamente resucita relaciones directas de servidumbre y dominación. Si nos limitamos a abolir el mercado (incluso la explotación del mercado) sin reemplazarlo por una forma adecuada de organización comunista de la producción y el intercambio, la dominación regresa con renovadas fuerzas, y con ella la explotación directa.

La regla general es que cuando comienza una revuelta contra un régimen opresivo a medias democrático, como en el caso de Oriente Medio en 2011, es fácil movilizar grandes multitudes con consignas que no puede sino caracterizarse de complacientes (a favor de la democracia, contra la corrupción, por ejemplo). Pero luego, poco a poco nos vemos ante decisiones más difíciles. Cuando la revuelta tiene éxito en su objetivo directo, nos damos cuenta de que lo que en realidad nos molestaba (la falta de libertad, la humillación, la corrupción social, la ausencia de perspectivas de una vida digna) continúa bajo una nueva apariencia. La ideología dominante moviliza aquí todo su arsenal para impedirnos alcanzar esa conclusión drástica. Se nos empieza a decir que la libertad democrática conlleva su propia responsabilidad, que ésta tiene un precio, que aún no estamos maduros si esperamos demasiado de la democracia. De esa forma, se nos culpa de nuestro fracaso: en una sociedad libre, se nos dice, todos somos capitalistas que invertimos en nuestra vida y decidimos asignar más a la educación que a la diversión si queremos tener éxito.
En un plano más directamente político, la política exterior de los Estados Unidos elaboró una minuciosa estrategia de cómo ejercer un control del daño mediante la recanalización del levantamiento popular hacia limitaciones capitalistas parlamentarias aceptables, como se lo hizo con éxito en Sudáfrica tras la caída del régimen del apartheid, en Filipinas luego de la caída de Marcos, en Indonesia después de la caída de Suharto y en otros lugares. En esa precisa coyuntura, la política emancipadora radicalizada enfrenta su mayor desafío: cómo hacer avanzar las cosas una vez que ha terminado la primera etapa entusiasta, cómo dar el siguiente paso sin sucumbir a la catástrofe de la tentación “totalitaria”; en definitiva, cómo avanzar respecto de Mandela sin convertirse en Mugabe.
Si queremos ser fieles al legado de Mandela, debemos olvidarnos de las lágrimas de cocodrilo celebratorias y concentrarnos en las promesas no cumplidas que generó su liderazgo. Podemos asumir con toda certeza que, dada su indudable grandeza moral y política, al final de su vida fue también un anciano amargado, consciente de que su triunfo político y su elevación a la categoría de héroe universal enmascaraba su amarga derrota. Su gloria universal es también un indicio de que en realidad no perturbó el orden global del poder.

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